
Maestría en imitar tibieza,
opera como metal frío.
Desafortunadamente,
no tiene centro.
Rompemos materia y distancia.
Ese don de crearla.
Un bello narciso,
que solo se deja adorar.
Peligrosa e inteligente.
Sabe buscarnos fisuras
de devoción.
Control.
Necesita como el aire
ser primera y última.
Decidir con la urgencia
de existencia.
Vacío que quiere comerla.
Y nuevamente.
Y nuevamente.
Tu cuerpo será mi santuario, mis manos, tu prisión.
¿Ella aún tiene filo?… me pregunta con su inocente voz.
Sí, respondo.
Pero ahora ese filo ya es conocido,
le pertenece ya a otra u otro.
Estará bien, la convenzo.
Es una bestia hermosa
que sabe cuidarse.
Ella asiente.
Corre a acariciar a Rigo y Max.
Los besa.
Regresa a mí.
Se mete al triángulo de mi esternón.
Entonces comienza el último rito.
La que habitó el laberinto
yace inerte.
Ya no respira
la criatura de papel.
Sobre su boca
han quedado las palabras
que alguna vez fueron hambre.
No las retiro.
No las quemo.
Las dejo allí.
Que el agua antigua
haga su trabajo.
Que atraviese la tinta,
que desate los nudos,
que borre solamente
lo que ya no necesita nombre.
