Y así sucedió.
Se encontraron en la quietud de los Viveros de Coyoacán, en 1992.
Ella vestía un atuendo de flores marchitas.
Él cargaba el semblante cansado de un mártir.
Y entre una multitud que se cansa pronto de todo, entre gente que empieza incendios y nunca concluye ruinas, decidieron habitar juntos las sombras y ser algo más que una pareja.
Decidieron ser una resistencia.
Y así sucedió.
Hurtaron un viejo vocho y partieron buscando el calor que ya no sentían.
Llegaron a las áridas planicies de Guerrero, la tierra de mi madre, y aquel mediodía el vaho de la tierra húmeda lo envolvía todo, como si el mundo respirara desde abajo, como si los muertos hubieran dejado abierta la boca de la tierra.
Después ascendieron hacia la cumbre más alta del Pico de Orizaba, la tierra de mi padre, y gritaron sus nombres en un bucle sin fin, hasta que sus voces dejaron de pertenecerles y se confundieron con el viento, con la piedra, con la nieve, con todo aquello que permanece.
Encendieron fuegos artificiales.
Una luz fugaz los dejó cegados ante la oscuridad.
Y entonces sintieron que la carretera hacia la gran periferia se desvanecía, que todavía no habían llegado a ningún lugar, que quizá nadie llega nunca, y que solo el metal del viejo vocho, las jacarandas vencidas por el polvo y la terquedad les permitían seguir avanzando.
Y así sucedió.
Ella susurró “contaré hasta tres, y si en este instante no nos hemos detenido, ya nada nos va a contener”.
Uno.
Dos.
Pudo ser un acto de hechicería.
Pudo ser la noche abriendo su costado.
Pudo ser que, en medio del cansancio y del hambre, ambos comprendieran que ya no podían vivir como criaturas obedientes.
Entonces se transformaron.
Él en un lobo herido.
Ella en un ave sombría.
Llegaban hasta ellos los ecos de las desgracias del mundo, la pobreza, la rabia, los nombres borrados, los cuerpos vencidos, las promesas podridas de los hombres con poder, pero a ellos solo les importaba encontrar la paz, aunque esa paz tuviera dientes, aunque esa paz exigiera aislamiento, aunque para salvarse tuvieran que volverse fieras.
Y así sucedió.
Ella solía tararear cuando a él lo abandonaba la esperanza.
Juntos crearon una elegía propia, una melodía áspera y dulce que parecía escucharse desde Paseo de la Reforma hasta el Zócalo, de La Villa a Tlatelolco, de las ruinas vivas de la gran Tenochtitlan hasta los barrios donde la ciudad aprende a sobrevivirse todos los días.
Miraban el firmamento como si fuera una obra de la fase negra de Orozco, belleza terrible.
¿De qué nos sirve luchar si nunca dejaremos huella?, se preguntaban.
Y entonces comprendieron que también las flores tienen su parte decadente, que hasta la belleza se pudre, que no hay ramo inocente cuando el país entero huele a promesas vencidas.
“Que se pudra este ramo de rosas, pero no antes que usted, señor presidente”, musitaba mi madre, la rebelde, la guerrera, la mujer que aprendió a hablar cuando todos le exigían silencio.
Y así sucedió.
Surgieron visiones nuevas, aunque no eran más que recuerdos reciclados.
La modernidad ya no parecía moderna, sino una antigüedad olvidada bajo capas de humo, propaganda y concreto.
¿Para qué regresar?
¿Para qué volver al sitio donde nadie nos espera?
¿Para qué mirar al pasado, si aquí hay mucho más de lo que alguna vez quisimos poseer?
Así creo que sucedió el inevitable encuentro de mis padres.
Mi madre fue siempre una mujer autodidacta, campesina, violentada y abusada por los caciques, pero de su tristeza sombría emanó una resistencia feroz, una sed de justicia que no se apagó con los años ni con los golpes ni con la pobreza. Ella nos inculcó la justicia como único bastión de formación, y nos enseñó que debíamos levantarnos en ella, resistir en ella, mirar de frente en ella. Mi madre fue una guerrera sedienta de justicia, una mujer hecha de tierra, rabia y ternura.
Mi padre, en cambio, era otra clase de hombre.
Su ascendencia española, llegada a Veracruz y a Orizaba, le había mentido con una idea antigua y a la vez cómoda, que el mundo debía quedarse tal como estaba, quieto, pasivo, distante. Mudo.
Pero mi madre no nació para aceptar el mundo tal como estaba.
Y quizá por eso se encontraron.
Porque hay amores que nacen en la intemperie.
Hay amores que no vienen a salvar a nadie, sólo vienen a encender una pequeña hoguera en medio de la derrota.
Y así sucedió.
