¿QUIÉN NOS CONOCE, QUIÉN NOS ES CONOCIDO?

Mi léxico es una estructura de poder, una sintaxis que prefigura la existencia y determina el temperamento.

Manejar la lengua con rigor no es un ejercicio estético, es una táctica de asedio… los sustantivos, y especialmente los nombres propios, son las unidades más punitivas del lenguaje.

He perfeccionado una ambigüedad semántica tal que me vuelvo indescifrable, porque soy el vacío absoluto donde los demás depositan sus proyecciones y represento la nulidad necesaria para que la expectativa ajena naufrague o se exalte según su propia carencia.

A mis amantes mujeres les ofrezco una narrativa de sensibilidad minuciosa, una cadencia de atención que parece emanar de la caligrafía de mis manos…

A los hombres, en cambio, les permito editarme a su conveniencia, me imaginan como una prosa plana, una figura dócil y anémica, una presencia sin interpretación.

¿Es que no has comprendido que el discurso es un lastre? El afecto es una impureza que vicia el estilo, que contamina la transparencia del pensamiento. Me obsesiona la semántica casi tanto como me perturba la fisiología.

Y precisamente por eso, contra todo determinismo, decidí habitar el oficio de la escritura… mi propósito nunca fue la creación, sino la subversión de los signos, y me juré convertirme en la exégeta de la ternura para desmantelarla desde dentro. Decidí que mi obra sería el epítome de la novela, de la oscuridad, un cebo para que las mentes pueriles se pierdan en mi retórica mientras yo, enclaustrada en la indolencia de mi lecho, ejecuto el exterminio de la palabra a través del simulacro del amor.

Me dices en mis monólogos de siempre…

…que a veces una mentira muy detallada puede servir para contar una gran verdad.

Mi hilo de voz.

Tintineo. Discúlpame. Perdóname. Lo siento. ¿Podrás perdonarme?