Ilustrísimo hermano en el Ordo Terrae et Aetheris, tomo la pluma con manos aún perfumadas de arcilla para confiar a Vuestra Merced que en el rumor de las raíces he aprendido un idioma que no rehúye el silencio, pues la tierra, madre y archivo, sostiene mis pasos con la verdad antigua de su pulso y me recuerda que toda nobleza comienza en lo humilde, y mientras contemplo el ascenso de los vapores que el sol despierta comprendo que el éter no es ausencia ni fuga sino caricia sutil que templa el ánimo y abre la frente a claridades que no ciegan, así, entre lo hondo y lo leve, se cumple la disciplina que profesamos, raíz que abraza y ala que no se extravía, y pido a Vuestra Merced que en cada jornada ponga oído a la música de los terrones y a la discreta respiración del cielo, pues de ese concierto nace el equilibrio que salva, y si alguna tribulación pretendiera quebrar la firmeza, bástenos recordar que el corazón es un grano oscuro llamado a germinar en luz, y que la luz verdadera sabe permanecer en la hondura sin dejar de elevarse.


