Ocupo una casa prestada sin haber firmado el contrato de la sangre ni el nombre.
Y bien pudo ser el silencio mi lengua definitiva,
una vibración de nervios en el lodo,
o el pulso ciego de lo que no llega a nacer.
No hubo elección en este peso que sostengo,
en esta arquitectura de huesos.
Pude ser el residuo de un naufragio antiguo,
materia inerte que el tiempo olvida en las orillas,
o el hambre de una bestia que no conoce el remordimiento.
Miro hacia atrás y veo los abismos que no crucé,
la vida del mineral que se quiebra sin quejarse,
la anatomía del insecto que dura lo que un parpadeo,
o el pavor de la raíz que siente el hacha cerca.
Soy el resultado de una omisión afortunada.
Qué extraño es este privilegio de la consciencia,
el poder mirar mis manos y saberlas mías,
mientras dentro tuyo, el mundo es un despliegue de naufragios,
donde otros yo, posibles y atroces,
se hunden en la mudez de lo que no tiene memoria.
Agradezco este rincón de sombra donde me reconozco,
el no ser el grito que nadie escucha,
ni el rastro de ceniza que el viento desdibuja.
Soy esta distancia entre el olvido y la carne,
un milagro sombrío que, por ahora,
ha decidido no extinguirse.
