Hola, soy yo. Te escribo desde una habitación de hotel donde la lámpara tiene una imperturbabilidad amarilla y el vidrio de la ventana devuelve, en vez de mi cara, un cansancio que no sabía nombrar; afuera llueve con música de monedas diminutas y pienso en la llanura, en la noche rural que aprendimos a temer de chicos, no por los animales sino por las luces, ¿te acuerdas? aquellas esferas errantes que parecían respirar al ras del suelo y que los mayores llamaban “luz mala” con seriedad, como si decirlo bastara para circunscribir su territorio; yo por ejemplo, todavía puedo oler el campo húmedo y el estiércol tibio, sentir la pastura pegándose a los tobillos, escuchar el crujido de los alambres cuando el viento cambiaba, todo era tan oscuro que cualquier brillo se volvía una revelación y sin embargo nadie celebraba, se apretaban los rosarios en los bolsillos, se buscaba un hierro a mano, un puñal para clavar en la tierra con la esperanza de fijar aquello que huye, y se murmuraban oraciones sin destinatario, porque en ese punto el miedo no distingue entre Dios y el barro, entre el alma y la química, apenas exige un gesto, un rito, una promesa de orden en medio de lo vivo que se descompone.
También me acuerdo de tu voz, tan baja que parecía no querer despertar a los muertos… cuando me explicabas que la luz mala era alma en pena o señal de tesoro, plata yvyguy decías riéndote con un hilo de vergüenza, como si el guaraní trajera de golpe un espesor de selva a la pampa, y yo miraba hacia las hondonadas donde el agua se quedaba quieta días enteros, donde los huesos del ganado y los restos de plantas hacían su trabajo secreto; la tierra es un estómago inmenso que nunca termina de digerir, y a veces exhala una fosforescencia tenue, un aliento frío que se enciende con la misma indiferencia con que una luciérnaga enciende su abdomen… hay, qué extraña crueldad la del mundo ¿verdad?, que la putrefacción pueda parecer milagro, que el duelo tenga el color de una lámpara flotando… todavía siento esa mezcla de fascinación y repulsión, la belleza en la boca de la muerte, el resplandor naciendo de lo que se rompe, y pienso ahora que las leyendas no mienten del todo, sólo cambian de idioma, porque donde el laboratorio habla de gases y descomposición el campo habla de ánimas, y en ambos casos se trata de lo mismo, una comunidad tratando de convivir con el hecho de que todo cae, todo se vuelve tierra, y aun así algo brilla, no para salvarnos sino para recordarnos que el final también produce luz, energía.
Pero hubo otra luz, más rara, más alta, la que vi años después desde una ruta mojada mientras una tormenta descargaba su furia sobre los eucaliptos; yo viajaba sola, con el teléfono sin señal y el corazón demasiado lleno de asuntos modernos, correos, plazos, contraseñas, ya sabes, esa forma contemporánea de estar siempre llegando tarde, el cielo parecía una chapa golpeada por martillos invisibles y de pronto, cerca del capot, apareció una esfera luminosa que flotaba con autoridad salvaje, como si un pedazo de relámpago hubiera decidido hacerse cuerpo; se movió sin obedecer al viento, no era el rumor supersticioso pegado al suelo sino un animal de plasma con hambre eléctrica, una presencia que te hace sentir el metal en la lengua, el vello erizado, la piel recordando que también es un conductor, y apenas duró unos segundos y sin embargo me dejó una memoria más larga que muchas conversaciones; avanzó errática, palpitante, y al final estalló con un chasquido seco, no fue una explosión grandiosa sino un cierre brusco, una puerta que se azota, y entendí que lo peligroso no siempre se anuncia con estruendo, que hay fenómenos reales capaces de parecer fantasmas y fantasmas capaces de comportarse como fenómenos, desde entonces miro con otra prudencia el brillo, porque creo que el brillo también puede herir, puede quemar una casa, puede atravesar el cuerpo, y esa es una lección que el mito, con toda su maldita poesía, apenas si roza.
A veces me pregunto si la diferencia entre una luz mala y una centella no es sólo cuestión de distancia, sino de cómo el tiempo nos enseña a traducir; en el campo el miedo se organizaba alrededor de un punto luminoso y se defendía con rezos, en la ciudad la ansiedad se organiza alrededor de pantallas y se defiende con actualizaciones, en ambos casos hay una esfera que atrae la mirada y exige devoción, y uno aprende a vivir entre espantajos, entre apariciones, unas nacidas del suelo que fermenta, otras del cielo que se descarga, y entre medio nuestra vida frágil, este cuerpo que envejece con el mismo ritmo con que se oxidan los clavos del alambrado, yo quisiera decirte que ya no temo, pero sería mentir, lo que cambió fue el objeto del temor; antes era la noche abierta, ahora es la memoria, porque cada luz que vi terminó encendiéndose adentro, en un rincón donde te extraño, donde vuelvo a ese camino de tierra y al gesto de tu mano señalando la oscuridad, como si pudieras enseñarme a mirar sin perderme. Tal vez eso sea el amor, alguien que nos acompaña hasta el borde del misterio y nos deja permanecer… como sea, hoy la lluvia sigue golpeando el vidrio y en la calle se refleja un semáforo verde que tiembla sobre el asfalto, no es campo ni tormenta pampeana, no es mito ni plasma, pero lo miro y siento el mismo temblor de entonces, esa certeza de que el mundo habla con luces que no terminamos de entender, y que sin embargo, mientras duren, nos permiten seguir caminando.
Detalles sobre este poema
Esto que lees aquí, lo escribí porque, desde aquel viaje, la pampa me quedó adentro y en esa inmensidad las cosas pequeñas adquieren un poder desproporcionado, una luz mínima puede volverse un destino, una amenaza, una promesa. La “luz mala” me fascinó no tanto por el susto sino por lo que revela de la gente que vive allí, respeto y terquedad frente a lo que no se controla, el modo en que una historia se pasa de boca en boca para que el miedo no sea puro silencio y para que la noche tenga bordes, aunque sean inventados.
En esos relatos escuchados hace años, lo que más me conmovió fue la forma en que lo invisible se vuelve cosa íntima, no se hablaba de la luz como de un espectáculo sino como de algo que te elige, que te sigue, que te pone a prueba. Yo venía con mi mirada extranjera, con mis hábitos de explicar, pero hay explicaciones que no reemplazan a una leyenda, porque la leyenda no sólo nombra un fenómeno, nombra una relación con la tierra, con los muertos, con la memoria de lo que se pierde y sigue subsistiendo. Por eso este escrito existe, supongo que para tocar esa frontera donde lo real y lo contado se rozan, y para agradecer también, a mi manera, aquellas noches en que alguien me señaló un punto de luz en la oscuridad y me enseñó que el mundo puede ser más grande que nuestras certezas.
