Escribir, siempre, en el silencio, que es un repliegue inútil, porque el poema nos expone a la intemperie, nos fragmenta, porque es un acto de desconfianza radical hacia lo que creemos ser, así que hay que aprender a desobedecerlos a todos, pero, sobre todo, aprender la disciplina de desobedecerse a una misma… es ahí donde reside lo crucial, porque yo no persigo la complacencia con lo que firmo; sé, con una certeza casi física, que sin estas líneas mi entendimiento sería más estrecho, más insular y más estéril. Si los dejo ir, si los entrego a la página, es solo porque respiran. No reclamo para ellos la categoría de la belleza; reclamo, simplemente, su derecho a la existencia.
Un siglo cabe en la precisión de un adjetivo, y ella, que desnudó a la palabra para quitarle la ceniza y el adorno, mira ahora el jardín desde la altura del lenguaje. No hay solemnidad en el adiós, solo la limpieza de un cristal que se retira. Y queda el misterio del aire, la geometría exacta de las hojas en otoño, tan cósmica, de no ceder jamás al ruido, porque la luz es siempre la última en perderse, dictaba su herencia de líneas breves. La poeta de la transparencia ha cerrado el libro de los nombres, no hay fin para quien hizo de la brevedad un absoluto y su silencio es la palabra exacta, no vacío. Por fin, pronunciada por el tiempo.
La superficie ensaya la homeostasis del mármol, un equilibrio espurio ante el siglo que nos observa, pero la estructura padece su propia disforia… una desregulación que no conoce la palabra tregua, el afecto amplificado que calcina el pecho en silencio, y hay además, un pavor antiguo, una agnosia del propio rostro, la identidad difusa que busca anclaje en el afuera. Se teme el abandono, se teme la caída del cielo; un horror al desamparo que anticipa el rechazo y quiebra el objeto antes de que el lazo se extinga.
El pensamiento es un oleaje de ideación intrusiva, polaridad que oscila entre el altar y la ceniza, quiero sujetar las vigas del mundo, simular la neurotipicidad del gesto, mientras la mente habita el umbral del vacío, vacuidad crónica que ningún verbo mitiga. Y no, no es fatiga del barro, es el colapso del afecto, la herida oculta tras la máscara de la suficiencia, el castigo de sostener la ambivalencia del ser. La tregua no habita en la catarsis del habla, comienza en el reconocimiento de la propia fractura, cuando se cede al fin el control de la vigilia y se acepta, con rigor clínico y místico, la belleza terrible de la ruina.
