Ayer se murió la Lupe. Lo digo bajito, porque si la nombro, se levanta el polvo. La viruela la fue marcando despacio; primero unas bolitas, luego el ardor… Lupe decía tengo frío; decían que era el aire malo del llano. Yo herví el agua; mojaba el trapo, rezaba quedito, cambiaba el agua del cántaro. Nadie quería arrimarse. Nomás Petra, que dijo ahorita vengo y no volvió; dicen que la paró el miedo. Era tiempo después de las balas; quedaban casquillos en la barranca y el calor pegado a los adobes.
El viento soplaba caliente ese día, traía polvo de mezquite y chisme; que la vacuna nunca llegó; que la guerra dejó huecos y por ahí se cuela la muerte. Mi tío decía que la muerte es callada, que anda como el viento, se mete por rendijas; no golpea la puerta.
La cargamos en el petate; la tierra no quiso aflojar. Piedra, pura piedra; la pala rebotaba; se sudó culpa. El padre no entró; el miedo pesa más que las palabras. Doña Susana susurró que era castigo; Don Nicasio negó con la cabeza; yo callé. Lupe siempre fue buena para el maíz; sabía escuchar… No dije más; la lengua se enreda cuando uno se queda solo. La enterramos cerca del mezquite, donde la tierra no perdona.
No te enojes madre, pero yo la oí susurrar en la noche y en la madrugada. No llores, me dijo, como si siguiera aquí, sentada junto al comal frío. Dicen que la Lupe andaba debiendo favores. Dicen que hablaba con el difunto Hilario en el patio. Yo nomás sé que me miró fijo y dijo tuve frío en junio; ahí supe. Y cuando amaneció, amaneció sin gallos; el perro ni ladró. El sol parado sobre las láminas; todo seco.
Desde entonces oigo su voz en la acequia; me pide agua, me pide que no la olvide. La oigo entre las pencas, ya estuvo, me dice; barre el patio. Y barro. El polvo levanta lo de antes; regresan voces… Lupe en voz bajita, niños corriendo, el tren lejano. Luego nada. Sólo el campo mirando fijo; la tierra aguardando; uno obedeciendo.
