I
En la mesa donde el pan aún recuerda la tibieza de sus manos,
la difunta vuelve en los vasos empañados, en el rumor de la tetera,
en las camisas remendadas con hilo de paciencia.
Yo, jornalero de la luz que se apaga al amanecer,
he criado dos astros pequeños con torpeza y falta de disciplina,
dos muchachos de modales limpios que guardan el abrazo.
El balón, redondo como una aleluya terrestre,
cruzaba las tardes y era nuestra oración secreta.
Y cuando el estadio rugía como un océano ciego
yo sentía que la vida, pese al luto, aún sabía pronunciar mi nombre.
II
Hay días en que el mayor guarda su voz en una caja de plomo.
Camina conmigo pero no conmigo,
aparta la mirada como queriendo proteger el incendio.
Trae en los bolsillos folletos que huelen a hierro y a noche,
y en los ojos un resplandor que no reconozco.
Sus nuevos amigos no ríen, contabilizan.
Dicen patria como si fuera un puño que no se suelta,
dicen sangre como si la sangre tuviera escaleras,
dicen futuro con el temblor de un vidrio antes de romperse.
Mi muchacho, artesano fino del silencio,
erige vallados donde antes soltaba palomas.
III
Oh memoria, madre de las madres, devuélveme la tarde
en que cayó al suelo la fotografía y él corrió a levantarla.
Tenía once años, le temblaban las rodillas
y yo fingí no ver el agua en su pestaña.
Éramos pobres y señores, orgullosos del sudor y de nuestro traje de domingo,
los tres coronados por un pañuelo que olía a jabón y a albahaca.
¿Qué lengua ignota le habla ahora por la noche
y le promete grandezas con vocabulario de cuchillo?
¿Quién posa un mapa falso sobre su pecho
y le señala territorios que no existen sino en la fiebre?
IV
Le hablo con palabras antiguas, ungidas de aceite y de trabajo,
palabras que usaba mi padre para enderezar los clavos,
palabras que dicen hijo como si dijeran pan.
Le hablo con metáforas torpes, con mi gramática de llanto,
y él responde con mármoles, con consignas de mármol,
donde el mundo se divide como un pan egoísta.
Entonces pregunto a la sombra de mi mujer,
que cuelga del reloj como un segundo detenido,
si el amor de un padre puede perdonarlo todo
o si hay pecados que sólo la ternura sabe deshacer
cuando duerme el que odia y la almohada lo escucha.
V
A veces creo que sólo le duele y no lo dice.
Que la furia es un abrigo prestado en una noche sin casa.
Lo veo regresar tiznado de consignas que no le caben en la piel
y, mientras cuelga la chaqueta de la forma en que cuelga el arma,
desaparece por un pasillo que no existe, pero cruje.
Entonces preparo sopa, oficio humilde de náufragos,
y coloco dos mendrugos de pan como dos puertas abiertas.
El pequeño pregunta por la madre con el tacto de los sabios
y yo respondo con historias donde ella ríe y corta manzanas,
porque la risa de los muertos es un faro si uno la escucha sin miedo.
VI
Qué hacer, me digo, con esta fraternidad rota,
con este hijo que ha puesto en cuarentena su infancia,
con este espejo donde mi rostro envejece veinte inviernos por minuto.
¿Es la patria una casa sin ventanas? ¿Es la sangre un inventario?
¿Y por qué un cuerpo nuevo guarda pólvora en su gesto,
si el alba es aún una promesa sin cifras?
Desde la fábrica, donde el día es un animal encadenado,
llevo clavos de vuelta a casa y los entierro en una tabla
con la esperanza vana de construir un lenguaje.
Mas el lenguaje cruje como los peldaños del odio
cuando alguien sube con botas y sin canción.
VII
Quisiera pedirle que vengamos a rezar al campo de juego vacío,
donde la portería desnuda parece una puerta al verano.
Que escuche conmigo el viento soplar en los banderines
y vea cómo la tierra aprende a perdonar las patadas.
Que recuerde la tarde en que falló el penalti y lo alzamos de hombros,
porque fallar también es una forma de nacer de nuevo.
Quisiera decirle que la madre, desde su reino de pan caliente,
prefiere mil veces un error tierno a un acierto de piedra.
Y que ningún nosotros se construye sin la música humilde
de quienes se equivocan juntos y se lavan las manos con la misma agua.
VIII
Hijo mío, si te abrazo y no te rompes,
¿creerás que el mundo no necesita astillas para sostenerse?
Si te digo que un rostro no cabe en una bandera,
¿me creerás aunque yo haya aprendido tarde a decirlo?
Soy un hombre sin aritméticas, sólo cuento tus pestañas,
y en cada una hay un verano, un cumpleaños, un gol mal anulado.
La ciudad aúlla con sus periódicos y sus cuchillos de tinta,
pero en nuestra mesa hay migas como constelaciones pequeñas,
y en esa galaxia doméstica, donde el luto aprendió a barrer,
caben tu rabia y mi miedo, si los partimos en trozos de pan.
IX
No sé si el amor de un padre lo perdona todo.
Sé que perdona a quien regresa, a quien vacila, a quien tropieza,
a quien descubre que el odio no abriga en los inviernos verdaderos.
Yo te aguardo en el umbral como un candil obstinado,
con la paciencia de los trenes que siguen llegando aunque nadie los espere,
con la torpeza del hombre que sólo sabe reparar bisagras
y, sin embargo, sueña con reparar países.
Si vuelves, te daré el balón viejo, ese planeta doméstico,
y jugaremos en el pasillo a pasar el tiempo sin herirlo.
Si no vuelves aún, pondré agua a hervir
y pronunciaré tu nombre hasta que la tetera entienda.
X
Y cuando el mundo, estupefacto, alce su coro de preguntas,
cuando te nombren con palabras que encadenan,
recordaré que fuiste niño y que apretabas fuerte mi dedo al cruzar la calle,
que heredaste la risa de tu madre y su forma de doblar las toallas,
que bajo la chaqueta hay un corazón que no sabe de mapas
y late con una música que no cabe en ninguna consigna.
Yo, trabajador del día y jardinero torpe de la noche,
seguiré sembrando en el alféizar semillas sin alarde
porque un padre es quien riega lo que no ve.
Y si alguien pregunta por qué tanta fe en algo que no responde,
diré bajo, con la voz de los pobres, que a veces el amor no salva,
pero enseña a esperar sin convertirse en piedra.
Detalles sobre este poema
Para este trabajo, me inspiré en What you need from the night (Laurent Petitmangin, 2021). La novela cuenta la historia de un padre viudo de clase trabajadora que cría a sus dos hijos en una zona obrera de Francia; cuando el mayor se acerca a un grupo de extrema derecha, el amor familiar se enfrenta a la deriva del odio y a decisiones morales insoportables. Con una prosa contenida y precisa, este libro explora el duelo, paternidad, lealtad y el peso de la desigualdad.
Lo recomiendo por la voz del padre, frágil y digna, y la forma en que el libro convierte los gestos mínimos, por ejemplo un partido de fútbol, una cena o un silencio, en lugares donde se decide el destino de una familia.
