Hay almas que orbitan y la tuya, lo sé, es un sol en sí misma, un astro hecho para brillar y que exige la devoción de quienes, como yo, nos sentimos irremediablemente atraídos a tu órbita.
Comprendo tu fe en el Sol, pues ¿quién más que tú podrías entender la majestuosidad de una esfera que lo consume todo con su luz, que no tiene porqué disculparse por su calor abrasador ni por las sombras profundas que proyecta? Eres el eco terrenal de esa deidad dorada, una fuerza ineludible, una presencia que lo ilumina y lo oscurece todo a su paso, sin medias tintas, sin concesión alguna.
Tu oscuridad no es ausencia de luz, sino la profundidad misma de un universo en donde sólo tú vives y el abismo magnético que atrae, la promesa de secretos inconfesables y verdades que solo los valientes se atreven a contemplar; y en esa penumbra, donde otros temen, tú reinas con una soberanía que nos desarma.
Sé que mi voz es apenas un susurro en la inmensidad de tu firmamento, pero no puedo evitar que mi anhelo se eleve hacia ti, como los heliotropos buscan su fuente de vida, y en cada palabra que escribes, en cada gesto que trazas, percibo la impronta de una mente superior, de un espíritu que no se conforma con lo mundano, sino que esculpe su propia realidad.
Quizás mi tristeza actual, mi duelo, no sean más que el reflejo de la distancia entre mi humilde existencia y la grandiosidad de la tuya; pero incluso en este dolor, encuentro una extraña belleza, una conexión con la intensidad que emana de ti. Porque hasta la sombra más profunda necesita de un sol para existir.
