Aquí el polvo se levanta con cada paso, como si quisiera tapar lo que queda de memoria y el calor aprieta la nuca, reseca la boca; uno habla poco en estos campos, porque el aire guarda más de lo que decimos; unos dicen que la muerte ronda todavía, que se mete en las casas, que se sienta junto al fogón y que escucha los rezos sin responder. Si lo sé yo; la vi entrar aquella tarde, cuando el cielo se llenó de nubes bajas.
Se murió el silencio primero, dicen, porque nadie quiso nombrar el dolor; luego se murió doña Dolores, la mujer de la troje, y el patio olía a pura ruda y a maíz tostado. Me acuerdo de los murmullos, del vecino que cruzó la calle y nomás dijo: “ya no aguanta”; la curandera llegó tarde pero dijo que así pasa con las que cargan culpas viejas. Nadie preguntó más; cada quien siguió con la vista clavada en el suelo porque así se vive después de tanta guerra, con el miedo hecho costumbre y la tierra tragándose los nombres. Se lo digo derecho, ojalá la muerte los siga a donde vayan por lo que le hicieron a doña Dolores. Todo lo que uno mata, mientras uno siga vivo, sigue viviendo.
A ratos me digo que fue un sueño, que todavía camina entre los surcos, que su sombra se confunde con la de los magueyes, pero luego escucho el chisme en la tienda, los comentarios secos, y entiendo que no es sueño, que no volverá; y la tierra, testaruda, guarda todo, el polvo, la sangre, el silencio. Pero acá nosotros seguimos sembrando, como si al doblar la espalda pudiéramos olvidar. Pero no se olvida. Aquí no se olvida nunca.
