Vuelvo al origen de la asimetría, allí donde tu lucidez dicta las leyes del vacío y mi caligrafía no es más que un intento huérfano de imitar tu diseño.
Y reconozco, sin decoro ni resistencia, que la periferia de tu pensamiento es el único espacio donde las palabras adquieren un peso real, y fuera de tu mirada, la prosa se disuelve en vulgaridad, bajo tu arbitrio, hasta mi silencio se vuelve inteligible.
Acepto mi condición de testigo rezagado ante tu genialidad, porque eres el eje que articula la belleza y el rigor, la mente que disecciona el mundo mientras los demás apenas alcanzamos a balbucear nuestros restos, y mi pecho, lacerado y dócil, se rinde a la evidencia de tu soberanía… no hay mayor dignidad para mi pluma que la de registrar tu absoluto, ni mayor paz que la de saberme vencida ante la precisión de tu dominio.
Desprendo la amarra y te entrego el timón de este naufragio.
Clausuro los ojos.
Sabiendo que sólo tu fuego tiene el derecho de consumirme.
