Villa de la Fuente respira como un animal viejo que conoce el peso de las llaves y de los silencios, se oye en la madrugada cuando la calle se vacía y los perros dejan de ladrar con furia y sólo queda ese rumor de agua que no corre y de música filtrada desde algún coche aparcado sin prisa, aquí empiezan y terminan historias que la gente repite sin saber de qué hablan, aquí se nombran El Juanillo, el Jony, Lolo, la Vanessa y el Cucaracha como si fueran estampas de un álbum cansado, pero basta acercarse para notar que llevan en la mirada una zona de sombra que no es maldad ni fracaso, es una mezcla extraña de ternura y cansancio que nadie tiene tiempo de escuchar.
El Juanillo revuelve tornillos en un tarro de vidrio y se queda mirando el metal; dice que la vida no es difícil sino chueca, que a veces se endereza con una mano firme y otras se quiebra en el centro, mientras tanto el Jony pasa con el pelo recién teñido y el estéreo del coche demasiado alto, ríe con esa risa de muchacho que sobrevivió a su adolescencia por terquedad y sostiene la lata de cerveza como si fuera un talismán, le escribe a una desconocida en el móvil, hace deslizar el dedo y promete cambiar mañana y también pasado mañana porque las promesas se renuevan cuando amanece.
Lolo trabaja en temporadas, carga cajas en un almacén donde huele a cartón y a pintura, le manda dinero a una madre que no dice gracias y aun así lo espera para cenar cuando llega y cuando no llega deja un plato tapado con servilleta. La Vanessa mira vitrinas con la frente alta y un lápiz de labios barato que le queda precioso; conoce los trucos del coqueteo y también el hueco que deja la mentira pequeña, cuida de una sobrina que a veces la llama mamá y ella no corrige porque el cariño tiene sus atajos. El Cucaracha pinta su apodo en una barda y debajo dibuja una corona torpe que le sale chueca, dice que el mundo es un cuarto sin ventanas y por eso se fuma la noche para inventar una puerta, luego vuelve con las manos negras de polvo y las abre frente a la fuente rota como si fueran dos pájaros que no aprendieron la ruta del sur; se dice que son perdidos, que andan en lo que no se debe, que llegan tarde si es que llegan, que todo se les queda a medias, pero nadie cuenta lo que sienten cuando a las cuatro de la tarde el sol cae de lado y el viento arrastra papelitos de colores que quedaron de una fiesta vieja, no se dice que a veces cantan bajito mientras comparten una bolsa de papas en la banqueta y que la sal de los dedos recuerda ciertos veranos en los que la felicidad fue tan sencilla como una sombra de árbol.
Tampoco se dice que cuando bailan apagan de golpe el miedo, ni que cada atraco chapucero y cada mentira nacen de la misma necesidad de ser vistos, ni que la Play encendida a las tres de la mañana no es vicio sino refugio, como esas rayas torpes que prometen olvido y sólo regalan un rato de silencio en la cabeza; el pueblo habla con facilidad porque hablar ocupa la boca y no compromete las manos, sin embargo la fuente conserva sus nombres como monedas de deseo, cada chispa de luz en el agua inmóvil es una frase que nunca dijeron en voz alta, y si uno se queda al borde de la plaza el tiempo suficiente escucha cómo el lugar les dicta la ruta y a la vez los encierra, un círculo que huele a gasolina y a pan recién horneado, a sudor y a colonia barata, a besos que se dieron sin plan y a esas despedidas que se postergan hasta que deja de ser necesario despedirse.
Por eso la novela de Villa de la Fuente no la escribe el juzgado ni el chisme, la escribe el latido que insiste, la escribe la risa que se escapa con los ojos llorosos, la escribe el motor que no enciende y de pronto sí, la escribe la esperanza maleducada que no pide permiso, y aunque todo parezca atascarse en el mismo sitio hay noches en que el cielo se abre apenas y deja ver un corredor limpio, un hueco donde el aire no pesa y el nombre que usan en la calle se les cae de los hombros.
Entonces caminan con otra espalda y piensan quizá todavía se pueda, quizá mañana sí llego, y el rumor lento de la fuente acepta esa fe con una paciencia antigua, porque aquí empiezan y aquí acaban pero en el medio hay un pulso que sólo conocen quienes se han quedado y han aprendido a querer sin decirlo, brillando a su modo, con la música alta y el corazón atento.
Detalles sobre este poema
Para este trabajo, me inspiré en Al final siempre ganan los monstruos (Juarma, 2021). La novela, tiene un tono coral y se sitúa en Villa de la Fuente y sigue a un grupo de treintañeros (Juanillo, Jony, Lolo, Vanessa y el Cucaracha) que intentan salir a flote entre la precariedad, la adicción y una rutina que se come sus sueños; así entonces, la amistad y la lealtad se ponen a prueba mientras el futuro parece siempre aplazado. Explora el desamparo generacional, el hedonismo de resistencia, la adicción y la desigualdad pero sin renunciar a una ternura que escucha a quienes casi no tienen voz.
Lo recomiendo por la forma en que Juarma escribe por su oído, para la dignidad de los perdidos y su capacidad de hallar momentos de verdad que se quedan pegados a la memoria.
